La Ciudad Doliente
¿Cuál pecado habremos cometido para sufrir así los caraqueños? Quizá el de la decidia por dejar que la ciudad perdiera su placidez de valle bucólico para convertirse en un lugar tan difícilmente habitable. Sin embargo, también es cierto que durante el siglo XX la modernización ofreció pruebas arquitectónicas hermosas. Todavía hasta hace poco, se podía conjugar lo mejor de lo pueblerino con las comodidades y prodigios de lo moderno.
De esta visión de la ciudad surge la muestra de Ingrid Lozano. La artista resolvió imaginársela con los versos del Dante. Los tercetos están ubicados precisamente en el canto tercero, al comienzo del recorrido dantesco. Tal vez la rigurosa construcción arquitectónica de los círculos infernales le proporcionó una imagen para construir sus piezas con rigurosidad. Sin proponérselo quizá, tres también son los medios desarrollados en esta exposición: la orfebrería, la escultura y la fotografía.
Si la ciudad es doliente, también es luminosa en sus múltiples construcciones. El tránsito y el recorrido es la única forma de percibir la comarca bullente. Por eso para hacer sus tomas, baja de su carro y de los atascos, para ver la geometría de los edificios. La ciudad está hecha de retazos y atisbos y de esos fragmentos se sustentan las fotografías tomadas siempre en contrapicado y en encuadres angulosos.
Entre el caos de avenidas y tráfico, la mirada de la artista se posa sobre lo que la mayoría de los transeúntes no ven, tan atrapados en los malestares de las calles. Mira hacia lo alto y consigue las imágenes de los edificios: las retículas de ventanas y apartamentos; espejos que proyectan el tránsito de las nubes; puertas y ventanas que muestran aberturas para indagar en los nichos de los apartamentos.
La escultura en pequeño formato sigue siendo la representación que Lozano ha mantenido a lo largo de los últimos años. Esbeltas formas alargadas de hierro trabajadas de manera geométrica, concebidas como pequeños monumentos, donde el detritus de los óxidos logra texturas que rememoran lo orgánico y antiguo. Sólo que ahora se impregnan con las mismas retículas y estructuras de los edificios fotografiados. Las esculturas se ajustan para proyectar aperturas entre sus muros. Las láminas se superponen de manera concéntrica para dejar entrever también aberturas y nichos.
El metal es el elemento idóneo y constante de su trabajo y en la exposición lo utiliza de manera variada: el cobre, el hierro, se ajustan a cada uno de los medios utilizados. Su orfebrería no es más que la ejecución en miniatura de sus esculturas. Poseen la misma composición de láminas superpuestas, las mismas aberturas y la misma solidez constructivista. Sólo que aquí trabaja con metales preciosos y logra reducir los edificios a pequeña escala, renunciando a cualquier ornamento decorativo.
A diferencia de los alquimistas medievales, su transformación no termina añorando la piedra esencial. Pero, influida por la idea de la Anábasis presente en toda la Divina Comedida, la exposición ejecuta un recorrido desde la ciudad doliente hacia una región habitada por obras finamente acabadas.
Rafael Rondón Narváez
Noviembre 2011